Quito, 21 de agosto de 2025 – En el volátil tablero político ecuatoriano, donde las alianzas se tejen con hilos frágiles y las traiciones acechan en cada esquina, Marlon Vargas, el recién elegido presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), se enfrenta a su primera gran encrucijada. El presunto atentado contra su antecesor y rival, Leonidas Iza, no solo ha reavivado las tensiones entre el movimiento indígena y el Estado, sino que pone a prueba la capacidad de liderazgo de Vargas: ¿defenderá con uñas y dientes a "los suyos", como exige la tradición de resistencia indígena, o optará por un pragmático coqueteo con el Gobierno de Daniel Noboa, del que ya ha recibido efusivos aplausos? Este episodio, cargado de simbolismo, podría definir si Vargas es el unificador que prometió ser o un puente demasiado complaciente hacia el poder central.
Recordemos el contexto, porque en Ecuador la política no se entiende sin sus grietas históricas. El pasado 20 de julio, en el VIII Congreso de la CONAIE celebrado en la parroquia de Conocoto, Vargas, un líder amazónico de la nacionalidad Achuar, derrotó a Iza por un margen ajustado: 617 votos contra 540. No fue una victoria cualquiera; fue un terremoto interno. Al anunciarse los resultados, los gritos de "¡Fuera Correa, fuera!" resonaron en la sala, un claro repudio a Iza por su cercanía con la Revolución Ciudadana y su apoyo a la candidata Luisa González en las elecciones presidenciales de 2023. Iza, el carismático líder del levantamiento indígena de 2019 y 2022, que paralizó el país con protestas masivas contra las políticas neoliberales, había sido acusado de diluir la independencia del movimiento al flirtear con el correísmo. Vargas, en cambio, emergió como la opción "despolitizada", más cercana a las bases territoriales y, curiosamente, más palatable para el establishment.
Y aquí entra el detalle revelador: el primero en celebrar la victoria de Vargas no fue un dirigente indígena, sino el propio Gobierno. José de la Gasca, ministro de Gobierno y hombre fuerte del gabinete de Noboa, no tardó en extender la mano. "Vemos con buenos ojos la elección de Marlon Vargas", declaró De la Gasca, quien incluso le envió un mensaje personal de felicitación. En entrevistas posteriores, el ministro no ocultó su optimismo: "Con Marlon Vargas, la CONAIE se sumará a construir el nuevo Ecuador", dijo, tendiendo puentes para el diálogo y atribuyendo la derrota de Iza a su "desconexión con las bases". Esta efusividad no es casual. Vargas ha mostrado afinidad con el oficialismo: durante su campaña, se alineó con asambleístas de Pachakutik –el brazo político indígena– que apoyan a Noboa, incluso aquellos sancionados por la CONAIE bajo Iza por "traicionar" los principios del movimiento. En un país donde el extractivismo minero y petrolero choca frontalmente con los derechos territoriales indígenas, esta proximidad genera sospechas. ¿Es Vargas un pragmático que busca diálogo en tiempos de crisis económica, o un caballo de Troya para desmovilizar la resistencia indígena?
El presunto atentado contra Iza, ocurrido el 18 de agosto en Cotopaxi, ha acelerado esta prueba de fuego. Según denuncias del Movimiento Indígena y Campesino de Cotopaxi (MICC), tres agentes de inteligencia policial intentaron atropellar a Iza cerca de su hogar, en un acto que interpretan como persecución estatal. Los policías fueron retenidos por la comunidad, y una audiencia indígena reveló miles de chats y documentos que evidencian seguimientos sistemáticos a líderes sociales. Iza, visiblemente afectado, responsabilizó al Gobierno de Noboa, que ha intensificado la militarización contra el crimen organizado pero también contra protestas indígenas.
Vargas, en su primera gran declaración como presidente, se solidarizó con Iza: "Exigimos una investigación exhaustiva sobre la persecución y los ataques contra líderes sociales", dijo, extendiendo el apoyo a todos los perseguidos "a lo largo de distintos gobiernos". Es un gesto equilibrado, casi diplomático: condena el acto sin atacar directamente a Noboa, diluyendo la responsabilidad en una "historia de persecuciones" que abarca desde Correa hasta Lasso. Para algunos, esto enfría el conflicto y evita una ruptura inmediata con el poder. Para otros, es una tibieza sospechosa, especialmente cuando la CONAIE bajo Iza habría convocado a movilizaciones masivas. ¿Solidaridad genuina o cálculo político?
Aquí radica el dilema de Vargas. Ecuador vive un momento crítico: con Noboa en campaña por la reelección en 2025, el Gobierno necesita aliados para impulsar reformas económicas, incluyendo concesiones mineras que amenazan territorios indígenas. La CONAIE, con su poder de convocatoria –recordemos los paros de 2022 que obligaron a negociar subsidios al combustible–, es un actor pivotal. Si Vargas opta por el diálogo sin condiciones, podría alienar a las bases radicales que ven en Noboa una continuación del neoliberalismo. Pero si endurece su postura, arriesga aislarse del financiamiento estatal y las alianzas pragmáticas que prometió. Su cercanía inicial con el oficialismo, celebrada por De la Gasca, ya genera murmullos de traición en sectores indígenas que exigen independencia absoluta.
En este escenario, el caso Iza no es solo un atentado aislado; es un espejo que refleja las fracturas del movimiento indígena post-Iza. Vargas prometió "unidad desde los territorios", pero ¿incluye eso confrontar al Estado cuando ataca a un rival interno? Si elige la moderación, podría consolidar un liderazgo "constructivo", pero a costa de diluir la esencia combativa de la CONAIE. Si defiende con vehemencia, ganará credibilidad entre las bases, pero tensionará sus puentes con el gobierno noboista. Ecuador, con su historia de levantamientos indígenas que han derrocado presidentes, observa atento. Vargas, el líder amazónico que desplazó al "correísta" Iza, ahora debe demostrar si su victoria fue un cambio de rumbo o solo un relevo conveniente para el poder. La prueba está servida; el veredicto, en las calles y las comunidades.
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