Por Redacción | Mera, Ecuador | 19 de agosto de 2025
El sol de la mañana se filtraba entre las copas de los árboles del bosque amazónico mientras André Granda, el joven prefecto de la provincia de Pastaza, caminaba sobre el nuevo puente de hormigón armado que cruza el río Tigre. Detrás de él, la selva exuberante parecía observar con atención: este era un momento histórico. Tras más de veinte años de promesas incumplidas, olvidos burocráticos y esperas infructuosas, Mera, un cantón perdido entre la selva y el abandono, por fin veía nacer una obra que muchos creyeron imposible.
“Hoy es un día de alegría”, dijo Granda, de 34 años, con la voz firme pero cargada de emoción. “Este puente, que entrega el próximo 30 de agosto, no es solo hormigón y acero. Es un símbolo de conexión, de dignidad, de futuro.” La inversión, cercana a los 500.000 dólares, ha levantado un puente de doble carril que no solo salva un río, sino que comienza a salvar una comunidad.
Durante décadas, varias colonias de Mera como Puyoyaco, 24 de mayo, Juan León Mera, Luis A. Martínez fueron olvidadas. . Con 350 kilómetros cuadrados de extensión —casi el tamaño de una pequeña nación europea—, sus habitantes vivían aislados, con vías de tierra que se volvían intransitables en temporada de lluvias. La economía, basada en la agricultura y el turismo comunitario, languidecía. “Imaginen que la gente aún saca sus productos en mulas”, lamentó Guillermo Loza, líder comunitario, durante un acto público frente al puente. “Eso es muy triste. Queremos progreso, no sobrevivencia.”
Loza, con la voz quebrada por la emoción, recordó los 15 años de espera, las reuniones infructuosas, las emergencias declaradas por el deslizamiento del talud del río Pastaza. “Nos borraron del mapa”, dijo. Pero ahora, con el puente sobre el Tigre, Mera vuelve a existir. “Gracias, André. Eres un prefecto que, a pesar de tu juventud, ha sabido ver nuestras necesidades.”
Pero el reto es aún mayor. Carlos León, representante de la ciudadanía, denunció el deterioro acelerado del talud del río Pastaza, causado en parte por la minería ilegal en sus afluentes. “Si seguimos minando en Quilo o Alpayaco, el río baja su nivel, se inclina y ataca el talud. Ya se llevó parte de la carretera. Estamos en peligro.” En una reunión técnica reciente, se acordó un plan de emergencia: encauzamiento del río, muros de escoras y un convenio interinstitucional con el Ministerio de Obras Públicas y la Secretaría de Gestión de Riesgos. “Necesitamos permisos del Ministerio del Ambiente, pero no podemos esperar más”, advirtió León. “La maquinaria debe entrar ya.”
También se plantea una solución de largo alcance: un paso lateral que desvíe el tráfico pesado del centro urbano. Actualmente, grandes trailers cargados de madera y combustible transitan por la vía Luis A. Martínez, una carretera de hormigón que ya muestra fisuras. “Eso no es tráfico, es una sentencia de muerte para el talud”, dijo León. El nuevo corredor, que partiría desde la avenida Francisco Salvador Moral hasta la parroquia Fátima, permitiría descongestionar el centro y cumplir con la ley de Tránsito, que exige que las rutas interprovinciales no crucen núcleos urbanos.
Para Granda, todo esto forma parte de un sueño más amplio: convertir a Mera en un corredor turístico emblemático. “Este puente no solo conecta territorios, conecta sueños”, afirmó. Junto a Valeria Pozo, jefa de turismo provincial, anunció que el 30 de agosto no será solo la entrega de una obra, sino el nacimiento de una nueva era. “Vamos a inaugurar con una ciclorruta: desde el parque de Mera hasta los emprendimientos turísticos de la zona —el mariposario de Dalma, Huasca Amazonía, el Paraíso Escondido—, todo en bicicleta.”
“Es un acto simbólico”, explicó Pozo. “El turismo sostenible, comunitario, es el futuro. Y esta obra lo impulsa.”
En lo alto del puente, donde pronto se instalará un monumento en forma de pantera onca —símbolo de los jaguares que aún pueblan la selva—, el viento amazónico acariciaba los rostros de los asistentes. Nadie hablaba de política. Solo se sentía el peso de la esperanza.
Mera, después de décadas de silencio, ha vuelto a hablar. Y esta vez, el país entero parece estar escuchando.
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